
A veces la rabia me atormenta, por la incomprensión de las personas. Clamo venganza por las injusticias que son como dardos clavados en mi corazón.
No nos dejemos llevar por la incomprensión que guía a los necios, transforma a los incultos y alarga nuestro tiempo en la nube del olvido. Juzgo mi comportamiento para acercarme a la verdad de mis reflexiones.
Muchos deambulamos por un mundo que roza los límites de la soberbia bañada en la angustia del terror y obtenida de un sueño que se esconde en lo más profundo de su espíritu.
¿Por qué odiamos al mundo que brilla con lágrimas de nuestra incomprensión?
Busco en mi mundo su valía, porque el odio que me quema no es odio, sino injusticia saturada por las reglas de nuestra sociedad inhumana. Tiene unos límites llenos de hipocresía, elaborados para quebrantar el sueño creativo de los hombres.
La serpiente que habita en mi mente no se puede convertir en dragón, porque le falta la libertad del pájaro, la paz que emite el vuelo de la paloma, la delicada sencillez de la nube del pensamiento y el amor a los demás.
Si consigo controlar estas cosas y pongo de mi parte la verdad del inocente, la inteligencia del niño que sobrevive a la naturaleza de los viejos, el amor de la mujer creada para purificar el alma de la tierra; podré llevar esa serpiente al rincón de mi corazón que guarda la llave para transformar al hambriento en satisfecho, al oprimido en libre y al guerrero en pacifista.
Y así de esta manera podré conseguir un mundo más justo y más libre para todos.
ANY VAUGHAN
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